Después de ímprobos esfuerzos, creo que he conseguido crear mi propio blog. Sin embargo,

este es el primero y es m.n.mal

Cuando despierta, abre las persianas y sus ojos sin párpados ni pupila reflejan la calle desierta. La bestia todavía está digeriendo los hombrecillos que cenó por la noche.

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20 Abril 2005

este es el segundo y es m.n.bien

- ¿Sabes que la luz eléctrica provoca el Alzeimer?
- No jodas, ¿y ahora qué hacemos?

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20 Abril 2005

furia feroz. j. g. ballard

La historia está bien. La justificación de la historia, no tanto. Sobra.
Siempre le sobran y, sin embargo, él insiste.

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19 Abril 2005

mamá hipopótamo

Imagínate que tienes siete años. Estás en el Zoo. Con tus padres y alguien más que ahora no recuerdas. No son tus hermanos, no son tus primos, no les pones cara. Tampoco importa. Vienes de ver los grandes felinos, tigres, leones, y los recuerdas aletargados, idiotizados, adocenados. El encierro, el calor... Vas de camino a ver los grandes paquidermos – ¿no son todos grandes?: Elefantes, rinocerontes, hipopótamos... A mitad del camino está el invernadero, tampoco recuerdas cuál es su nombre exacto: la zona reservada para las especies en estado de hibernación o hembras en estado o que acabasen de parir. Es donde alojan a los animales que requieren una atención especial. Les dices a tus padres que tú quieres entrar ahí. Ellos deciden no acompañarte. Pero no hay malos rollos, simplemente no quieren ir. Entras. Solo. Independiente. Lo primero que recuerdas es una serpiente que está mudando de piel. Lenta, perezosa, se va desembarazando de su anterior capa de escamas como un regalo que se desenvuelve a sí mismo. Es bonita. Y también lo es la piel que deja atrás. A la izquierda hay una hipopótamo hembra y su pequeña cría. La recién nacida parece una mascota de esas que venden en las tiendas de regalos. Otra vez regalos. Te acercas. Entre tú y ellos no hay más separación que una barra metálica. Te acercas más. La madre se fija en tí. También siente curiosidad. Tanta que te mira fijamente. Te acercas más. Ella también. Tanto que apoya la cabeza sobre la barra. Uno, dos... Pasan los segundos. Tres, cuatro... Os miráis. Cinco, seis... Tú bostezas. Ella bosteza. Y lo hace con tanta fuerza que dobla la barra. Te asustas. Pero permanece ahí quieta, con la boca abierta, los colmillos gigantes, enormes, como dos torres gemelas al aire... Siete, ocho... Es tu momento: eres Cousteau, eres Félix Rodríguez de la Fuente, eres un astro-biólogo en misión especial. Te acercas más, eres Ángel Cristo y ella es tu leona. Nueve... Metes la cabeza dentro. O casi. O eso recuerdas. ¡Diez! La hipopótamo estornuda y cierra la boca. De golpe. Lo siguiente que recuerdas es que lloras. Y una señora amable que, con un kleenex en la mano, te limpia un moco enorme, un platillo volante del tamaño de huevo frito de la frente. Cuando sales no se lo cuentas a nadie.

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18 Abril 2005

alcantarillado, gas y electricidad. matt ruff

¿Puede un idiota escribir un buen libro o al final, el idiota acaba por descubrirse?
Durante varios cientos de páginas, pensé que la verdad estaba a la izquierda de la conjunción, pero al final he descubierto que la verdad está -y ya me jode- a la derecha. Una lección por la que ya merece la pena leer ese libro.
Pero lo peor no es eso, lo peor es que ya desde el comienzo del libro se tiene conciencia de que el autor es un absoluto imbécil. Y una vez que eso está claro, lo único importante es saber durante cuánto tiempo va a mantener el tipo.
La respuesta es, exáctamente, 289 páginas. El tiempo que tarda en meterse en vericuetos filosóficos más o menos irrelevantes, para la trama y para el mundo en general, y, lo que es peor, obviar algunas cuestiones metafísicas que sí tienen hilazón con la historia y también, lo que es mucho peor, con el mundo en general. Es entonces, cuando uno ve cómo se le escapan las oportunidades una detrás de otra mientras él se empeña en refutar a alguien tan insustancial como Ayn Rand y su apología del capitalismo, es entonces, digo, cuando uno se da cuenta de que está delante de un idiota irredento.
Eso sí, aunque no lo parezca, el libro me ha gustado. Es sólo que yo, como buen imbécil que soy, tengo una forma un tanto complicada de decirlo. Lo que me obliga a concluir que el crítico, si idiota, siempre termina por descubrirse.

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15 Abril 2005

golpe de fortuna

Luis no vio de dónde venía.
Sintió un golpe en la parte derecha de la cabeza, en la parte alta de la frente, y cayó desvanecido.
A partir de ese momento, recuerda haber estado escuchando sin parar, como en una cinta sin fin, la canción "Going back to my roots" por Kc and the Sunshine Band a un volumen atronador.
"A mi nunca me ha gustado especialmente la música disco. Pero esta la tengo grabada y cada vez que me toco el lóbulo derecho, escucho los acordes del piano aquel" -me comentó Luis tumbado en el diván de la consulta.
Al principio era molesto. Más que molesto. En la clínica, donde le curaron le sometieron a un escáner cerebral y le realizaron la primera cura después del accidente, no dejó de oir aquella melodía pegajosa. Más tarde, un vendaje demasiado apretada mantenía el juke box en marcha. Primero pensó que se trataba del hilo músical, de la música ambiente del hospital... Fueron dos semanas de llenapistas total, de groove puro y duro, hasta que le dieron el alta. Dos semanas agotadoras. Como vivir en la piel de Tony Manero pero sin la presencia arrolladora de la bola de cristal. Afortunadamente.
Durante esas dos semanas, se lo comentó un par de veces a los doctores, pero como la música no le dejaba oir sus respuestas, acabó por desistir.
El día que salió de la clínica, lo hizo con la cabeza descubierta, sin que la venda apretase la zona afectada. Como ya no sentía la línea de bajos torpedear sus pensamientos se sintió aliviado. Enormemente alividado.
Hoy, cada vez que alguien le dice algo que no se interesa, se presiona el lóbulo frontal derecho. Y sonríe.

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15 Abril 2005

de satélites e ideas

El sistema es un planeta que de vez en cuando, después de una convulsión interna, eructa un satélite que sale despedido abandonando el planeta madre. Al principio este parto es traumático para el planeta, pero pronto pasan las convulsiones del parto y la normalidad se restablece.
Todo satélite parte en busca de una órbita cuanto más lejana mejor. La lejanía depende fundamentalmente del tamaño de la convulsión: cuanto más profunda sea esta. más lejana será.
Agotada la fuerza motriz que empuja al satélite en su huida, este se estaciona en una órbita. A partir de ese momento gira alrededor del planeta originario de forma constante y uniforme. Desde éste último se observan sus movimientos y su evolución, sus cambios estructurales, con cierta añoranza disfrazada de curiosidad científica.
Pero el sistema es aún, y siempre lo será, un planeta joven, en plena transformación, y acaba engullendo a cada uno de sus satélites del mismo modo que las amebas fagocitan su alimento.
Todo sistema es un universo en expansión .

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15 Abril 2005

se vende piso. 230 m2. exterior. bien iluminado…

El futuro de la tecnología nos traerá unos dispositivos que injertados en nuestro cerebro permitirán que las máquinas respondan directamente a nuestras órdenes y deseos sin tener ni siquiera que movernos. Sin tener que hablar siquiera. Algo así como telepatía. Yo pienso que quiero llamar a mi hermana, por ejemplo, y el teléfono marca el número él solito. Me subo al coche y sin siquiera meter la primera el automóvil ya sabe adónde vamos.
Cuando la tecnología haya llegado a ese grado de desarrollo, entonces nos sobrarán los cuerpos. Viviremos en frasquitos. Pero los ricos tendrán frasquitos de diseño con vistas al mar; mientras los pobres tendrán frasquitos adosados junto a una autopista.

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14 Abril 2005

mi tío abuelo, el chimpancé

Siempre según mi abuelo, el hermano de mi tatarabuelo fue ese personaje extravagante que hay en toda familia. Pero en vez de ser maqui, haber hecho las américas o ser cura, era un hombre profundamente romántico y por eso profundamente aventurero. Amante de la buena vida, las mujeres y las emociones, pasó más de una quincena de años viajando por África, disfrutando de sus días, gustando mujeres y no ganando para sustos. Llegado una edad ya madura, alrededor de los cuarenta, decidió volverse a su tierra natal para retirarse y descansar. Con la fortuna que había amasado durante tantos años se compró una casita de estilo colonial con vistas a la bahía de Cádiz y se dedicó a ver pasar la vida y escribir sus memorias.
Todas las tardes que el tiempo lo permitía, y en el sur de España, eso quiere decir muchas tardes, justo antes de que el sol se posase, salía al porche de su casa y entre los arcos se preparaba para escribir. Todos los días la ceremonia era idéntica. Un manojo de hojas y la pluma, el tintero y el papel secante, un candil y una caja de cerillas para cuando el viento de Levante apagaba la llama y, sobre todo, la compañía del único amigo que se había traído de África, un hermoso ejemplar de chimpancé macho que un día agraciado conoció en la jungla.
Así pasaba aquella tarde, sentado a escribir un capítulo más de lo que serían sus memorias y que, desgraciadamente, nadie en la familia ha visto jamás. Recuerdos por los que hoy daríamos un riñón. ¡Anda que no hemos fantaseado de niños con las correrías africanas del casi tatarabuelo! Que si había llegado a ser rey de una tribu; que si era un guerrero tan temido y respetado que los leones reverenciaban su paso; que sus descendientes -imaginábamos miles, millones de negritos con nuestras mismas caras…
Así pasaba aquella tarde hasta que sucedió la tragedia.
Aquella tarde el levante soplaba igual que el día anterior y que el otro y que el otro… Sólo los que han vivido en aquella región de Andalucía pueden imaginarse como sopla allí el viento cuando el viento decide soplar: durante semanas, incluso meses, uno puede levantarse de la cama y acostarse por la noche sin que haya dejado de soplar un solo segundo. Allí los suicidios siempre son achacados al viento, tan desesperante puede llegar a ser. Aquella tarde, como muchas veces antes, el viento había vuelto a colarse entre las arcadas del porche. Zumbón, decidió ponerse a jugar con el candil. Al cabo de unos instantes un soplido un poco mayor lo tumbó apagando la vela.
Ante el pasmo de su dueño, que con los segundos crecería hasta convertirse en terror, el chimpancé decidió tomar la iniciativa e hizo lo que había visto a mi pariente hacer muchas veces antes: puso bien el candil, cogió la caja de fósforos, la abrió, sacó una cerilla, la encendió y, por fin, encendió la vela. Mi tío tatarabuelo no se lo pensó dos veces. Entró en casa, cogió el revolver y le voló los sesos al jodío mono…
"Si era capaz de encender una vela era capaz de cualquier cosa…" se excusaba, con lágrimas en los ojos, mi antepasado. O así, por lo menos, lo contaba mi abuelo.

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